La enorme longevidad de los antediluvianos que supera por un factor de 10 a la longevidad actual, ha producido una gran incredulidad y muchos lo consideran una especie de fabulación exagerada y que, en realidad, nunca han habido seres humanos que vivan tanto ya que ello no es posible.
En realidad, para las personas que desconocen la ciencia es comprensible que reaccionen con gran escepticismo, pero realmente desde la actual ciencia genética y biológica, para los investigadores que buscan extender la vida humana y prolongar la juventud, ya se conocen muchos mecanismos que llevan a los seres humanos a la senescencia, es decir, a envejecer y morir. Incluso puede decirse que estamos “programados” por nuestro cerebro para vivir por un determinado tiempo. Pero si ese programa consignara un tiempo de vida mucho mayor este sería el caso de los seres humanos.
En el mundo animal hay muchas especies especialmente longevas que superan con creces la longevidad humana máxima que es un poco superior a un siglo. Por poner unos ejemplos, las ballenas de Groenlandia pueden vivir hasta 268 años y los tiburones de la misma zona pueden alcanzar los 400 años. También muy cerca, en Islandia hay almejas que pueden vivir más de 500 años. Por ultimo, podemos citar al campeón de los seres longevos: ¡La esponja antártica que puede vivir hasta 15,000 años! Incluso hay medusas como la Turritopsis dohrnii que simplemente no mueren nunca (a no ser que sean matadas) simplemente rejuvenece de manera cíclica.
Para entender el proceso de envejecimiento y cómo puede la juventud prologarse debemos entender que toda la naturaleza viva o no viviente está sujeta a la segunda ley de la termodinámica. Esta ley inexorable dice que toda energía libre tiende a consumirse y desaparecer, o dicho de otro modo, que todo orden o información tiende a perderse llamando a esa perdida “Entropía”.
Nosotros los seres humanos que creamos artefactos, casas y otras cosas sabemos que con el tiempo estas se deterioran y debemos limpiarlas e incluso restaurarlas. Esto lo aplicamos a un coche, una casa o cualquier otro artefacto para que éstos duren más tiempo. Los informáticos saben que cuando un ordenador empieza a fallar, frecuentemente por una corrupción de la memoria RAM, lo que se aconseja es reiniciar el equipo para que en el nuevo arranque la RAM vuelva a inicializarse y así esté en el orden funcional correcto sin partes alteradas.
En el mundo biológico la duplicación celular aporta la misma solución que el reinicio de un equipo informático ya que una célula que está dañada necesita ser destruida y reemplazada por otra nueva. Esto se logra haciendo que otra célula sana se duplique para reemplazar a la dañada y así restaurar la plena funcionalidad. Si esto no puede hacerse, entonces no hay forma de restablecer dicha funcionalidad y aparecerán, en consecuencia, las enfermedades, la vejes y finalmente la muerte del ser que las alberga.
Cada célula es un cúmulo de maquinarias asombrosas y en el corazón de cada célula se encuentra una cadena de ADN. En dicha cadena está el “disco duro” con la información necesaria para la vida. Esta formidable cadena de información codificada mide una longitud de 2 metros totalmente extendida. Pero ¿Cómo puede una cadena de 2 metros caber en una célula tan pequeña que solo podemos verla a través de un microscopio? Para ello necesita enroscarse en 3 niveles y en paquetes llamados cromosomas (los humanos tiene 23 pares).
Este enrollamiento es algo realmente asombroso, no obstante, necesita de unas tapas protectoras que impidan que la cadena de ADN se deshilache algo muy similar a las que tienen las cuerdas de los zapatos en sus extremos.
El asunto con esto es que cada vez que una célula se divide el telómero, (la parte roja de los extremos de los cromosomas en la ilustración) va perdiendo una pequeña parte de su extensión y esto significa que al cabo de un número determinado de divisiones dicha célula, cuando se agota la extensión de los telómeros, ya no podrá volverse a dividir y, con ello, renovar su funcionalidad (entiéndase su juventud).
¿Cual es la solución que activa el cerebro?
Para solucionarlo lo que hace el cerebro es ordenar la producción de una enzima llamada telomerasa la cual activa la renovación de la extensión de los telómeros y así las divisiones celulares, y con ello la juventud puede prolongarse.
Entonces ¿Donde está el problema?
En que el cerebro no ordena indefinidamente la producción de telomerasa. Las causas son muchas, entre ellas está el estrés que sufre el ser viviente. En el caso de los humanos, un tipo de vida difícil acorta la producción de dicha enzima y ello explica por qué este tipo de personas envejecen más rápido que otras con vidas más tranquilas y placenteras. No obstante, tarde o temprano el cerebro del ser humano dice: “Basta! Aquí me planto y ya no produzco más telomerasa”. Ello precipita la vejes y finalmente la muerte.
¿Qué pudo haber pasado con los seres antediluvianos para que sus cerebros produzcan la telomerasa por tanto tiempo?
De momento solo podemos hacer elucubraciones. Las causas neurológicas que hayan permitido una programación que temporice una vida de varios siglos son todavía materia de investigación, pero en ningún caso son algo imposible de creer. Por otra parte las condiciones ambientales del mundo antediluviano pueden haber tenido una incidencia en el grado de longevidad de sus habitantes que se perdió en el mundo postdiluviano. Ello explicaría el notable descenso, en el lapso de 500 años, entre una longevidad de 10 siglos a 100 años. Con todo, los factores exactos que expliquen esto es muy difícil de dilucidar dado que la Biblia no abunda en detalles sobre cómo era aquel antiguo clima y cuan diferente es respecto al actual.
No obstante, la misma Biblia nos da la respuesta sobré qué cambió para que se diera este descenso de longevidad:
“Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años” Génesis 6:3
Lo que nos dice este pasaje es que el cambio neurológico fue producido simple y llanamente por una orden de Dios. Una vida de varios siglos para seres humanos propensos al mal constituye una agonía insufrible que no es conveniente, por esta razón Dios, en consideración a este problema, ordena que la programación genética de nuestros cerebros reduzca considerablemente el tiempo de producción de telomerasa, no hasta casi mil años, sino hasta unos 120 años en promedio. Como ejemplo de este límite de longevidad tenemos el caso de Jeanne Calment, considerada la mujer más longeva (de manera comprobada en la historia, pues seguramente han habido otros), que vivió 122 años, es decir, de 1875 a 1997.
En el gráfico adjunto se puede apreciar a los antediluvianos en azul y a los postdiluvianos en rojo. Resulta evidente cómo la sentencia de Dios reseñada en Génesis 6:3, de reducir la longevidad de los seres humanos a un máximo de 120 años en promedio, se aplicó progresivamente durante un lapso de 500 años, desde Arfaxad hasta Jacob, hasta alcanzar los límites actuales de longevidad.
Ahora bien, no debemos confundir la esperanza de vida humana con su longevidad potencial. Lo que aquí mencionamos es relativo a la longevidad potencial, es decir, hasta cuanto tiempo puede vivir una vida humana. La esperanza de vida, en cambió, implica cuanto tiempo viven en promedio los seres humanos de una nación, continente o el promedio global en una determinada época. A lo largo de la historia el promedio de vida ha sido bastante bajo al punto de haber épocas en las que la esperanza de vida era de solo 35 años o menos. Los avances en el nivel de vida, la medicina y la disminución de la pobreza a nivel global han producido que desde el siglo XX la esperanza de vida aumente considerablemente. No obstante, los límites de longevidad potencial que pueden alcanzar los seres humanos son fundamentalmente los mismos desde hace miles de años.
En cuanto a aquellos que afirman que estas longevidades bíblicas son consecuencia de una interpretación errónea que usa los ciclos lunares como años y que, por lo tanto, el factor a reducir las edades sería de 13.5, podemos decir que Génesis 6:3 lo desmiente totalmente. Si esta interpretación fuera correcta ¡Dios estaría diciendo que los seres humanos deben vivir 9 años de vida como máximo!. Esto es un verdadero absurdo, pero para los incrédulos de las longevidades antediluvianas que señala la Biblia y que al parecer desconocen lo que la ciencia ha descubierto sobre la longevidad humana y animal, es un recurso desesperado para encontrar creíble la descripción bíblica.
Aunque lo explicado aquí es una gran simplificación de un proceso mucho más complejo, podemos concluir que, aunque hoy ningún ser humano pueda llegar a tan elevados tiempos de vida como los antediluvianos, ello no debe llevarnos a pensar que dichas longevidades sean imposibles o una mera exageración literaria. Hay muchos indicadores de que esta longevidad es posible y que efectivamente la Biblia es veraz en la descripción de dicho fenómeno.






