El pecado nunca deja de tener consecuencias. La primera de ella es alejarnos de Dios, de su comunión y de todas las ventajas que esa comunión con el nos prodiga. Ante la orden divina de que no comieran del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal y de que dicha desobediencia significaría su muerte, ellos desdeñaron el consejo de Dios y aceptaron el consejo de Satanás quien los convenció con sus mundanas sugestiones a comer del fruto prohibido.
¿De que muerte habló Dios?
La muerte física es la separación del alma del cuerpo y la muerte espiritual es la separación del alma de Dios. El efecto de la caída del hombre consistiría en primer lugar en la muerte espiritual y en segundo lugar a la muerte física, pues a partir de entonces, incluso mediando el perdón de Dios ellos ya no tendrían acceso al Árbol de la Vida y por consecuencia al acceso a la vida física eterna.
Si bien su muerte física no sería inminente, pues los primeros hombres vivían varios siglos, llegaría inexorablemente, pues Dios les dijo: “Polvo eres y al polvo volverás”.
Ahora veamos lo que dice el pasaje que analizaremos hoy:
“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí” Génesis 3: 7-13
Luego de que Eva y su compañero Adán hicieran lo que no debían hacer paso algo sorprendente, pues efectivamente hubo un esclarecimiento moral del que antes no disponían. Dice el pasaje que fueron “abiertos sus ojos”, es decir, fueron alumbrados sobre su realidad moral. Algo muy parecido a lo que decía Pablo:
“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató”
Romanos 7:7-11
Antes Adán y Eva no tenían malicia en su desnudes y la parte más relevante para cubrir el cuerpo es precisamente el área genital. Por eso se hicieron delantales de hojas de Higuera para cubrirlos. Sin embargo, antes ellos no veían inconveniente alguno en exponer toda su anatomía sin escrúpulo alguno, ni veían malicia en ello, pero al comer del fruto ellos adquirieron la facultad de reconocer el problema de su desnudez.
¿Cual puede ser dicho problema?
El principal criterio con el cual las personas cubren su desnudez es para controla la pertenencia sexual de si mismos así como de su pareja y de sus seres amados. Los seres humanos modernos, salvo por el deseo de provocar o seducir sexualmente, no desean exponer la desnudes de sus cuerpos.
Sin embargo, hay otro significado más profundo. Recordemos que la especie humana es la única que usa vestidos para cubrir su cuerpo. ¿Será que lo usa solo para ejercer su pudor o protegerse del frío?
No, esas son solo unas de sus funciones, pero no constituyen la más importante;
El vestido es un instrumento del ser humano para cubrir su culpa moral ante Dios y también es una metáfora de su condición moral.
Este es el significado teológico de las vestiduras humanas. Incluso, si esta lo admitiera, sería también un criterio útil para la Antropología Filosófica cuando busca distinguir al ser humano de los animales.
Cuando Adán y Eva se cubren, no solo están evadiendo su desnudes física, sino también su desnudes moral ante Dios. Esto significa que ahora son responsables moralmente ante Dios. Su estado de inocencia primigenia ya ha sido rota. Ahora se inician en una responsabilidad moral que los sujeta inexorablemente al juicio de Dios. Por esa razón es que no solo se cubrieron con los delantales, sino que se escondieron de la presencia de Dios.
¿No nos suena familiar esto de escondernos de Dios cuando pecamos?
Pues es lo mismo que hicieron Adán y Eva cuando oyeron la voz de Dios que se paseaba en el huerto. Fijémonos que los primeros seres humanos tenían el privilegio de convivir con Dios. Era pues el “Cielo en la Tierra”, precisamente lo que ha sido roto y será vuelo a realizar cuando descienda la “Nueva Jerusalén” que es precisamente el retorno global a esta situación inicial en la que Dios vivía con los hombres.
El vestido humano es también la metáfora de su naturaleza moral ante los ojos de Dios. Por ello una vestidura sucia y vil es metáfora de la pecaminosidad y una vestidura blanca es una metáfora de la santidad. Los ángeles de Dios llevan vestiduras blancas en señal de su pureza moral tal como lo vieron durante la resurrección de Jesucristo y en su ascensión.
Veamos algunos ejemplo que nos ilustran esto en la escritura:
"Me mostró al sumo sacerdote Josué, el cual estaba delante del ángel de Jehová, y Satanás estaba a su mano derecha para acusarle. Y dijo Jehová a Satanás: Jehová te reprenda, oh Satanás; Jehová que ha escogido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del ángel. Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala. Después dijo: Pongan mitra limpia sobre su cabeza. Y pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y le vistieron las ropas" Zacarías 3:1-5
En esta visión el sumo sacerdote Josué fue despojado de sus viles vestiduras para ser vertido de ropas de gala y de una mitra de autoridad sobre su cabeza. Los vestidos y ornamentos son para todas las sociedades humanas eficaces indicadores de importancia y de autoridad, pero en esta visión de Zacarías, dichos atributos no son fruto de la arrogancia humana, sino son símbolos de su honra ante Dios. Los seres humanos pueden arrogarse ser personajes importantes y elevados con sus ropas y ornamentos, No obstante, “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” Isaías 64:6, por mucho que nos llenemos de ornamentos no podremos tapar con ellos nuestra miseria moral si es que no hemos sido perdonados por Dios a través de Cristo. Pues, como dice el dicho: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.
"Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas. El que venciere será vestido de vestiduras blancas" Apocalipsis 3:4-5
Notemos como en este mensaje a la iglesia de Sardis, de tan mala reputación espiritual, el Señor dice que hay aún personas que no se han corrompido, no porque sean perfectas, sino porque han sido justificadas por Cristo al recibirle en sus corazones y solo aquellos que hayan hecho esto recibirán las vestiduras blancas de los que han vencido. ¿Y quién es el que vence?:
“Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”
1 Juan 5:4-5
A continuación veremos que el vestido, además de ser una metáfora de nuestra condición moral ante Dios, también figura nuestra actitud moral ante él. Hablamos pues del vestido, no como algo físico, sino como figura de nuestra conducta y de la obediencia a todo el consejo de Dios. Entenderemos mejor esto viendo las siguientes citas de la Biblia:
“Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”
Romanos 13:13-14
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” Efesios 4:22-24
“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” Efesios 6:11
“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” Colosenses 3:12-14
Escondiéndonos de Dios
De lo visto ahora podemos comprender mejor el pasaje que vimos:
“Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”
Cuantas veces los seres humanos se preguntan “¿Donde está Dios?”. Se extrañan de que Dios no evite sus desgracias, pero no se ponen a pensar que ese es el precio de su “libertad” de Dios y más precisamente de su independencia de Dios. ¿Quieren vivir apartados de Dios?, pues ese es el precio: No tener la protección de Dios. En sus desvaríos e insensatez no se dan cuenta que todo esto parte precisamente de la pregunta inversa: “¿Donde estás tu?” Es esta la pregunta que Dios nos hace a nosotros y nuestra miserable respuesta es escondernos de él y luego echarle a él la culpa de nuestro infortunio. Nuestra insensatez solo puede ser curada por la acción del Espíritu Santo:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” Romanos 5:1-4
Andar conforme al Espíritu es haber puesto nuestra confianza en Jesucristo y haberlo recibido en nuestro corazón. Quien aún no a hecho esto entonces está andando aún conforme a la carne.
La cobardía de echar la culpa a otros
“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí”
Esta parte, en realidad, tiene cierto tenor cómico. La forma de evadir la responsabilidad del pecado acusando a otros haciendo que la responsabilidad y la culpa sean endosadas a ellos es casi risible. Pero eso hizo Adán con Eva y ella con la serpiente. Notemos la pasividad de Eva quien con facilidad cede, no a una o dos sugestiones, sino a las 3 al mismo tiempo y termina pecando.
Adán, pese a las impías y miserables opiniones de algunos hombres a lo largo de la historia de culpar a Eva de que él cayera en pecado, no sale para nada bien parado, pues tampoco vemos que como varón, con mayor autoridad que Eva por ser el origen de ella, se haya molestado en reconvenir a Eva para que no peque. No dijo nada en absoluto y cayó como una palomita. Su liderazgo fue inexistente y es tan culpable como su pareja. Adán oyó las palabras de la serpiente, también vio el fruto prohibido (que no era una manzana como creen muchos) y recibió las mismas 3 sugestiones que Eva que lo llevaron a terminar pecando. Sin embargo, ellos cobardemente se justifican culpando a otro.
Nunca podremos arrepentirnos del pecado cometido sin tener la debida humildad y la valentía para reconocer nuestro pecado. La soberbia y la cobardía son malos consejeros. Por eso:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” 1 Juan 1:8-10
En el próximo estudio veremos las consecuencias que señaló Dios a la serpiente (Satanás camuflado) por su engaño y en los siguientes veremos las consecuencias que él dicta a la mujer y al varón por sus 2 pecados.

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